¡Hagan ruido, por favor!

Luigi Russolo (1885-1947) fue un pintor y compositor italiano seguidor del futurismo, uno de los primeros movimientos de vanguardia del siglo XX. Esta corriente estética surgida en Milán buscaba romper con la tradición y los convencionalismos del arte del pasado de manera agresiva y exaltando los avances de la industria, las máquinas, la velocidad… La obra pictórica de Russolo no ha trascendido (el gran representante del futurismo en las artes plásticas es Giacomo Balla) como tampoco, en rigor, sus composiciones musicales. Pero ha pasado a la posteridad como teórico y autor del manifiesto “El arte de los ruidos” (L’arte dei Rumori, 1913), uno de los más influyentes textos del siglo XX en estética musical. El manifiesto es una carta dirigida a su amigo el compositor  Francesco Balilla Pratella y contiene afirmaciones tan radicales como éstas:

El sonido musical está excesivamente limitado en la variedad cualitativa de los timbres. Las orquestas más complicadas se reducen a cuatro o cinco clases de instrumentos, diferentes en el timbre del sonido: instrumentos de cuerda con y sin arco, de viento (metales y maderas), de percusión. De tal manera que la música moderna se debate en este pequeño círculo, esforzándose en vano en crear nuevas variedades de timbres. Hay que romper este círculo restringido de sonidos puros y conquistar la variedad infinita de los sonidos-ruidos. Cualquiera reconocerá por lo demás que cada sonido lleva consigo una envoltura de sensaciones ya conocidas y gastadas, que predisponen al receptor al aburrimiento, a pesar del empeño de todos los músicos innovadores. Nosotros los futuristas hemos amado todos profundamente las armonías de los grandes maestros y hemos gozado con ellas. Beethoven y Wagner nos han trastornado los nervios y el corazón durante muchos años. Ahora estamos saciados de ellas y disfrutamos mucho más combinando idealmente los ruidos de tren, de motores de explosión, de carrozas y de muchedumbres vociferantes, que volviendo a escuchar, por ejemplo, la “Heróica” o la “Pastoral”.

En su propuesta de nuevos timbres para la “orquesta futurista”, Russolo propone seis familias de ruidos que deberán recrearse mecánicamente:

GRUPO 1: Estruendos, Truenos, Explosiones, Borboteos, Baques, Bramidos

GRUPO 2: Silbidos, Pitidos, Bufidos

GRUPO 3: Susurros, Murmullos, Refunfuños, Rumores, Gorgoteos

GRUPO 4: Estridencias, Chirridos, Crujidos, Zumbidos, Crepitaciones, Fricciones

GRUPO 5: Ruidos obtenidos al percutir sobre metales, maderas, pieles, piedras, barro cocido etc.

GRUPO 6: Voces de animales y hombres (Gritos, Chillidos, Gemidos, Alaridos, Aullidos, Risotadas, Estertores)

En la página dedicada al ARTE SONORO de la facultad de Bellas Artes de Cuenca (Universidad de Castilla-La Mancha) puede leerse completo el manifiesto de Russolo. 

El artista no se limita a teorizar y pone en práctica su manifiesto diseñando y construyendo un nuevo instrumento musical (o más bien, un dispositivo generador de ruidos) con el sugerente nombre de “intonarumori” (entona-ruidos) que consistía en una caja de madera con un amplificador en forma de embudo y diversos mecanismos que, al girar una manivela o accionar un motor, producían los efectos deseados.

La presentación de tan peculiar artefacto se hizo en la casa de Marinetti en 1913 y, un año después, en Londres. El diario Times reseñó:

Misteriosos instrumentos en forma de embudo, recordaban los sonidos oídos en la jarcia de un buque de vapor del canal durante un mal cruce, y quizá fue imprudencia de los músicos -¿o deberíamos decir de los “hacedores de ruidos”?– seguir adelante con la segunda pieza después de los patéticos gritos de “no más” que recibieron desde todos los rincones alborotados del auditorio.

Se llegó a construir toda una serie de intonarumori para formar la deseada orquesta de ruidos y se realizaron diversos conciertos siempre presididos por el escándalo (cosa que a los futuristas no les molestaba en absoluto) hasta que la Primera Guerra Mundial dio al traste con todo. No se conserva ningún intornarumori original de Russolo, pero en los últimos años se han reconstruido a partir de la información conservada y es cada vez más frecuente en festivales de música del siglo XX encontrar estos curiosos artefactos de vanguardia que se acercan ya al siglo de existencia.

Fragmento de la obra de Russolo para conjunto de intonarumori “El despertar de una ciudad” (Risveglio di una città, 1914)

Esta es la primera página de la curiosa partitura de la obra anterior, en la que se especifican ocho tipos de intonarumori:

Además de como integrantes únicos de la “orquesta futurista”, los intonarumori se utilizaron en unas cuantas obras en combinación con instrumentos musicales convencionales y con el canto, como en la ópera de Francesco Balilla Pratella “L’Aviatore Dro” (compuesta entre 1913 y 1920). Por cierto que de esta obra futurista tomó su nombre el grupo madrileño de pop electrónico “Aviador Dro” (con éxitos en los 80 como “La televisión es nutritiva” o “Nuclear sí”), que además tituló uno de sus trabajos “intonarumore”.

Aquí un fragmento de la ópera de Balilla Pratella en una grabación que, aunque de muy mala calidad técnica, permite ver los intornarumori en acción.

Finalmente, un ejemplo de creación contemporánea en la que se utiliza el intonarumori entre una amplia panoplia de instrumentos no convencionales. Se trata de “Gramophone Saraswati”, compuesta por Amelia Cuni y Werner Durand, que interpretan respectivamente con un altavoz con mirlitón y con “instrumentos de viento inventados” junto a otros músicos que se encargan de los intonarumori y demás instrumentos. Esta obra de 2011 se basa en la música de La India y en el efecto de los viejos discos de gramófono (con sus vibraciones, ruidos y saltos de aguja)

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Un comentario en “¡Hagan ruido, por favor!

  1. Yolanda dijo:

    Los Futuristas, una de las corrientes estéticas que más me ha sorprendido a lo largo de la carrera (lo que menos, te dejan indiferente). Aunque no consiguieron llevar a cabo ninguno de sus proyectos, indudablemente, marcaron un antes y un después, no sólo en la arquitectura.
    Me alegra poder haber escuchado un intonarumori de “carne y hueso”.

    Gracias!

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